Cuando nació mi hijo, una conocida me regaló casi todo lo necesario para el primer año. Sus dos niños habían nacido más o menos en el mismo mes, así que podía tener ropia de recién nacido de invierno y de bebé de seis meses de verano. La caja enorme que me llegó por correo no solo tenía ropa, había bastantes complementos como biberones, y una minicuna.
Yo no tenía nada preparado, en parte porque esperaba ese paquete, me acababa de mudar a los ocho meses de embarazo, y llevarlo a término requería todas mis energías. Lo único que sabía era que no quería hacer colecho, pero opciones que quedaban me importaban poco. No entendía por qué existían tantas opciones diferentes. De hecho, improvisamos un masicosi heredado a modo de hamaquita. Uno de mis desconciertos era el concepto mismo de minicuna: ¿por qué usar un mueble unos meses y luego otro? ¿por qué no la cuna grande directamente?
Pero bueno, como era regalada y bonita, la montamos. Le vi una utilidad práctica enseguida: con un recién nacido muy pequeño, podías tenerlo al lado en cualquier habitación de la casa aunque estuviera dormido, sin necesidad de cogerlo en brazos. Me habían hecho cesárea, tardé una semana en poder tener al niño en brazos estando de pie, el porteo quedó descartado por varias razones. Hasta para sentarme a comer, arrastraba a mi lado la minicuna con el bebé dormido. Era una más de las necesidades animales, viscerales, del momento. Necesitaba que el niño estuviera donde pudiera verlo.
Usamos la minicuna hasta que realmente el niño no cabía dentro. Pasaba más tiempo en el salón que en el dormitorio. Le hice cientos de fotos al bebito envuelto en sábanas. Y cuando parecía que en unos meses podría haber un hermanito, hicimos un paquete con todas las cosas para bebé de un año. Por alguna razón, la mitad fueron a un trastrero y la mitad pasó por el proceso de «esto me lo quedo de recuerdo, esto lo dono, esto está destrozado y va a la basura». Este verano he sacado las cosas que estaban en ese trastero, ya teniendo definitivamente claro que ese hermanito nunca llegará. Tengo que repetir el proceso de guardar/donar/tirar. Y al menos de momento, la minicuna se queda.
¿Es una tontería? Por supuesto que sí. Cuántas de las cosas que hacemos son tonterías. Cuántas cosas tenemos en casa que no vamos a volver a usar. Y también, cuántas veces hemos dicho «voy a hacer un Mari Kondo», o hemos admirado una casa «de revista» o de Instagram, con todo coordinado y en su sitio.
Tengo el espacio. Me voy a permitir ser sentimental y nada práctica, y apegarme a un objeto inservible. Ya habrá sobrinos, o amigas que tengan un bebé. Alguna situación en la que se use y no sea simplemente lanzarla al infinito. Guarda demasiado de nosotros. Me la quedo, como una mamá cuervo, como un pequeño tesoro de colores en nuestro nido.
Yo tuve que tirar, donar, regalar todo lo lo mis hijas por falta de espacio. algo que me dió mucha pena, sobre todo al ver que la cuna que han usado mis hijas en casa de su abuela (cuando yo trabajaba la abuela se tenía que hacer cargo de ellas) era la de su padre y posteriormente de sus tíos, y durante un tiempo también fue la de mis hijas.
Esa cuna tiene historia, y sigue guardada porque, puede que algún día, la puedan seguir disfrutando otra generación.
Así que si tienes sitio no dudes en guardar esa minicuna, porque puede que llegue el día en que envuelva a otro bebé de la familia.
Y, estoy segura que cada vez que la mires recordarás a tu hijo cuando aún cabía ahí.
Creí que te había contestado! Qué pena tu historia. Es que crecen y hay que hacer sitio para lo nuevo…